Puede sonar exagerado, pero de un modo u otro, es más cierto que incierto.
No muy lejos de lo nunca requerido, cerca de los límites autoimpuestos y fusionado con mi peor pesadilla, el miedo me lleva a la más extrema subnormalidad.
Suena menos drástico si lo escribes desde la playa y con un cigarro en boca, pero el resultado va a seguir siendo el mismo y rezar no sirve de nada -menos aún desde mi voraz ateísmo.
¿Qué es aquello tan terrible que puede llegar a transformar tu mente en algo descaradamente obsesivo?
La respuesta es sencilla y solo depende de una cosa: el grado de conocimiento de tus propios miedos, placeres, vicios y temores.
Algo tan sencillo como aprender a conocerte y aceptarte. (Le dijo la sartén al cazo) Bueno, quizás no sea tan sencillo y quizás no sea la más indicada para persuadirte de ello, pero la práctica me la se tras años de incansables tocapelotas repitiéndomelo.
Un ejemplo sería ser capaz de saber que no te gusta la textura del tomate, por qué asqueas los pies o la razón de esa adicción a la colonia de vainilla.
Es por ello que se perfectamente que no andaba buscando el susto con el que me acabo de tropezar y que lleva siendo mi sombra las últimas dos semanas pero que quizás, si se mantiene en esa categoría de "susto" , puedo llegar a aprender de él y no volver a arriesgar por nada de ese calibre.
Vuelvo a recaer en el grado de locura al que pensé que había ido dejando atrás poco a poco, y no veo salvavidas por ninguna parte.
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