Fuimos dos extraños a escondidas en los bancos de la iglesia del colegio.
Fuimos la magia restante de una oración inexistente.
El socorro de una virgen que no hablaba enserio cuando hablaba de amor, porque ¿qué sabrá ella de amor si nunca ha sido desgarrada por una bestia?
Esa inocencia absurda es la que hoy escasea, pero volvamos atrás.
Volvamos al momento del encuentro.
Cuando un iluso y una idiota se buscaban desesperadamente entre los asientos, moviendo sus manos tímidamente hasta fundirse.
Él creyente y ella no, aunque hoy en día se puede considerar creyente a cualquiera que malgasta sus mañanas de domingo entre locos y curas.
Pero el pudo encontrarla, a pesar de todo.
Agarró su mano, y aunque suene ridículo, fue un alivio y el supo como serlo. No uno de los tres, sino el único que la entendió en esa semana de atrocidades.
Descubierto por nadie y recordado solo por ellos.
Intenso y fugaz, así quedó y así lo dejo.
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