En mi mundo huele a vainilla.
Es un mundo de filósofos puestos y poetas en las alturas,
de preguntas sin respuesta y salidas sin oxígeno.
Allí se aprende a amar por encargos
y se hiere por inercia.
Por ello solo hay meros transeúntes,
por que todos saben demasiado.
Nadie quiere a nadie pero todos se necesitan,
que al fin y al cabo viene a ser lo mismo.
Hay teorías sin comprobar
y compras sin recibo ni IVA.
No se cuenta nada por el miedo a hacerlo realidad
y su rivalidad es el tiempo, no equivalente en segundos.
Vertederos de musas y románticos con cientos de consumiciones por entrada.
Mínimo dos vidas por alma
y el mínimo por alma son dos corazones rotos en mundos paralelos.
Multiplica.
Dicen que no aguantaría un día en el mundo real, y yo digo que no sobrevivirías una noche en el mío.
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