<<En un acto tan sencillo como huir de casa impulsada por un vicio, me he dado cuenta de lo que es él, miedo; y podría definirlo como aquello que te impide sentirte libre, que te impide hacer lo que verdaderamente quieres por el temor previo y los remordimientos posteriores>>
Nunca he sido capaz de darle una descripción ni sinónimo, no he sido capaz de dibujarlo a pesar de verlo de vez en cuando, pero descartando mi ingenuidad y escasez de conocimientos, puedo mostrarte mi propio punto de vista y es tal que digo que el miedo podría verse dividido y modificado por nuestra propia conducta y capacidad; es por ello que a un niño de cinco años no le acechan los mismos temores que a un adulto de cincuenta o a un adolescente de diecisiete.
¿De qué habla esta loca?
Veras, acosada por mi insomnio a las tres de la mañana me hallaba aburrida, hambrienta y helada perdida en un pueblo alejado de la mano de Dios (esa mano imaginaria que algunos dicen que existe -disculpen mi ateísmo) y no se me pasó por la cabeza ninguna idea mejor que calzarme una sudadera y unas alpargatas y darme a la fuga por un breve periodo de tiempo, pongamos que tan solo fueron algo más de cuarenta y cinco minutos. Bajé en silencio por las escaleras de piedras convirtiéndome, como cada noche, en el ninja más silencioso que puedas imaginar (más o menos). Obviando mi torpeza tuve que hacer un inciso en la cocina para calmar mi sed y seguir mi trayecto poco después. Puerta cerrada y llave en el bolsillo, aquí es donde comienza mi adivinanza.
Ni la luna quiso acompañarme aquella noche, se encontraría en peridodo de vacaciones y su luz fue sustituida por el sonidito de unos grillos y demás bichos que tampoco me parecían desagradables en aquellos momentos. Subí la calle y encontré una rampa a la cual si la alcanzaba la luz de una farola al otro lado de la acera y ahí me coloqué, saqué mi cuadernillo y la mezcla de aire fresco (y frío) y tinta me pareció inigualable. Fue pasados unos diez minutos cuando un instinto me llevó a bajar hasta la calle principal. Allí perdió todo el sentido y mi definición de miedo comenzó a escribirse sola.
No era muy alto, pero si quisiese mirarle a los ojos mi barbilla tendría que colocarse en un ángulo de 180º, era moreno y con aire desamparado, rondaría los treinta, llevaba el brazo lleno de tatuajes y una pulsera de cuero se asomaba por el bolsillo de su pantalón, al igual que un paquete de pastillas. Había una mochila que supuse sería suya cerca de una moto (la cual también supuse que sería suya) repleta de discos de grupos sin remedio, de esos que te obligas a escuchar cuando andas escaso de casi todo. Buscaba algo, supongo que el mechero ya que sujetaba un cigarro con la boca. Durante los próximos cinco minutos me encontraba perpleja detrás de un muro, dudando si cederle mi mechero a esa alma corroída por el mono o si echar a correr. No era su persona lo que me asustaba sino la sensación de haberle visto antes, de conocerle, de no ser la primera vez que contemplaba su nerviosismo y su soledad incompleta, de haber sido importante y haber acabado por el barro.
Supuse que él era el miedo.
La impotencia de querer hacer algo que sabes que no va a llevarte más que al desastre. Tal que así, yo, mis pintas y mi mechero nos dirigíamos hacia él y ni una palabra se atrevió a encoger el momento. Vio como me acercaba en su dirección, me miró y él también sintió que nos habíamos visto antes, lo supe por que nada más ver mis intenciones de saciar su vicio tabacalero apresuró a esconderse ese paquetito de cápsulas blancas que asomaba de se bolsillo, como protegiéndome en caso de llegar a leer su receta y disgustarme tras ver que no se trataba del corriente ibuprofeno mundialmente utilizado como método antirresaca. Se encendió el cigarro sin apartar su mirada de la mía y nos sentamos, de la misma forma, en un banco de madera que se situaba justo detrás. Sin articular palabra lo fumamos por igual, como si ya lo hubiésemos hecho antes, como si siempre lo hiciésemos así; a la mitad del cigarro, acostumbrado me lo pasó y antes de consumirse le ofrecí la última calada. No sé, no pareció tan raro, pero lo fue. Con tan solo el sonido de los grillos de fondo se levantó y se dirigió hacia su moto rumbo a ni él tenía ni puta idea de dónde.
Así pues me levanté y regresé a la cama igual que como había salido de ella hace eso, poco más de cuarenta y cinco minutos. Sin nada más que dos páginas de mi cuaderno repletas de borrones incapaces de describir lo que era el miedo, por que por mucho que la gente diga, para mí esta noche, el miedo se fugó en moto.
Catasfróficamente, mi insomnio me guió hacia un paradero desconocidamente conocido, hacia esa sensación de haber vivido algo antes que sabía que era imposible que hubiese pasado. De la misma forma, de esa sencilla acción saqué un par de moralejas de un nivel tal como es el decir que apuntaré 'miedo' en mi lista de conceptos inexistentes, en el apartado de sensaciones creadas por nuestra mente perturbada que debemos superar sin dejar rasto, cual ninja en una noche de verano.
Catasfróficamente, mi insomnio me guió hacia un paradero desconocidamente conocido, hacia esa sensación de haber vivido algo antes que sabía que era imposible que hubiese pasado. De la misma forma, de esa sencilla acción saqué un par de moralejas de un nivel tal como es el decir que apuntaré 'miedo' en mi lista de conceptos inexistentes, en el apartado de sensaciones creadas por nuestra mente perturbada que debemos superar sin dejar rasto, cual ninja en una noche de verano.
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