Sobre mi

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Soy de las que sí que se tatuaría el nombre o apodo de alguien querido.

Pongo objecciones a aquellos que lo asquean preguntando con chulería que haré con aquella marca cuando la relación se acabe o cuando alguien nuevo ocupe mi vida. 
Es simple, no haría nada. Absolutamente nada. Continuaría luciendo mi piel marcada por la tinta negra manteniendo el significado del sentimiento que algún día hubo. La razón es sencilla, si esa persona se mereció, en algún momento de mi vida, mi respeto, aprecio, cariño y amor, me dio apoyo y sustento, consejo o luz, si me hizo aprender y crecer como persona, por mucho que haya podido hacer para acabar con todo aquello, me quedo con lo bueno y dejo que me fluya. Sería el recuerdo de una etapa más, con sus pros y contras y no dejaría de sonreir al ver los puntitos de tinta y revivir cada momento. 
Más aún, el mero hecho de que decidiese pasar por las agujas para marcar mi piel habría de significar que esa persona no es una tontería, ya que tambien debo decir que no lo haría por cualquiera. 

Podrías verlo desde otro punto de vista desde el cual nadie se para a pensar, nadie pregunta que pasará si esa amistad, cariño o amor no se rompe nunca, si no acabas por los suelos con dicha persona sino compartiendo el resto de tu existencia, ¿qué pasaría entonces? Lo mismo. Luciría mi tatuaje con el mismo orgullo; solo que, en el suceso de que alguien llegue a preguntarme el significado del nombre tatuado, en vez de decir lo que aquella persona significó para mi, simplemente diré: "Es el nombre de mi acompañante de viajes"

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