Magnífico,
como si de repente una luz verde alumbrase tu vida y sujetase tu cielo,
y tus noches,
y ese vicio lejano,
que se acerca al ritmo del sol más madrugador,
dando por el culo desde las siete de la mañana,
-descuida, quedan tres horas para el evento.
Ya no te caes,
te mantienes en pie,
quieto pero firme,
y hasta que caigas hay tiempo, aún.
Aguánta y atiende hasta que la luz se apague y nos mande en busca de otra, que ya pocas quedan con este brillo.
Sacúdela si parpadea y aferrate a ella cual yonki a su paranoia hasta desembocar en armas blancas.
Magnánimo,
como el cielo en plena noche de San Juan,
hasta ese día en el que dejes de creer en las estrellas fugaces,
que llegará,
por que la inmensidad del universo condensas en tus pupilas;
créeme, las estrellas no te hacen el mismo efecto.
Pedante y prepotente como la brisa del mar a las cuatro y diez de la noche, se cree fuerte pero es frágil y aún que cumple su función, el frío es pasajero e inverosímil, nada que ver con la tirantez y el desgarro que posee el invernal.
Desgastémonos hasta que se nos pase el efecto y la luz solar nos haga volver al mundo,
el Sol ya conoce nuestras trampas y la luna cada noche se vuelve más cálida.
Quedémonos con ella hasta que a algún gilipollas le de por despertarnos.
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