Sobre mi

domingo, 8 de diciembre de 2013

Aquí esta la Navidad.

Siempre he dicho que me encanta la Navidad y que si soy capaz de resistir al frío del invierno es con el único motivo de alcanzar estas fechas, pero aquí estoy, perdiéndome en la nada mientras mis padres y mi hermana montan y decoran los adornos de Navidad. Me encantaría estar con ellos pero no me veo capaz, este año no me merezco el placer de colocar la última estrella en lo más alto del abeto; la ilusión pasada provocada por esa sensación ya no sería la misma y odio fingir dicho sentimiento. No pretendo ser tan fría como estas fechas pero el calor de la chimenea ya no es tan efectivo en mi persona y me conforta más el humo del cigarro que el de los troncos quemados a modo de lumbre aunque sigo prefiriendo su olor. Destaco, eso sí, que una Navidad sin techo (en el sentido familiar de la palabra) o con uno ajeno a tu persona podría arrasar con todo; y quizás fue eso mi raíz, sin embargo pretendo recomponerla. 
Me viene ahora a la mente, que aunque congelada por los escasos grados que ciñen este paisaje aún funciona, una escena que me contó mi yayo. 

Su padre, cada Navidad, acogía a una de esas personas con más hambre que espíritu para que les acompañase en la cena de Nochebuena ya que su moral le decía que uno de los castigos más crueles de estas fechas era no contar con el sabor del pavo recién hecho para cenar. Tal que así colocaban un plato extra en la mesa, sin importarle el tener una boca más para cubrir, que digo yo que por aquel tiempo (os hablo de mi tatarabuelo, situado más o menos a comienzos de la guerra civil) eso era algo que solo el paso de una mirada de desamparo a una de gratitud y satisfacción combinada con felicidad podía pagar. 
Tras la cena un vaso de vino, un alma satisfecha y un amigo nuevo. 

Y eso me falta, la esencia -y no hablo en términos navideños- aunque supongo que volverá el momento en que el maravilloso sabor del turrón de nata y fresa supere mi paladar, o puede que no.

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