Aferrarse a una caricia puede parecer un acto suicida pero no más que alimentarse de un recuerdo disfrazado de visitante. Desembocando en un mar de rabia en el momento exacto en el que la marea sobrapasa tus expectativas y te inunda.
Fuimos como esa constante lucha entre tortuga y búho.
La tortuga es ese sentimiento de que marchas pero nunca avanzas, de que jamás retrocederás pero duele cada paso hacia el frente. Es dar la sensación de un desfile hacia lo forzado, una despedida obligada cuando tu intención era quedarte pero descubres que no eres quién desean. La tortuga implica ese caparazón imaginario, esas creencias de inmortalidad y valentía que cubren un interior mucho más cálido y acolchado, como aquellas mantas que cubrían nuestros cuerpos la noche en que logramos encender la luna; y con ello llegó el búho, el sentimiento de penumbra, de conocer las sombras sin asombrarte de sus vicios y consecuencias, de volar sobre lo oscuro y violar temores y temblores. Mil secretos encerrados en unos ojos. Inconformista y desplieguen alas, en busca de algo más o mejor, triste pero irremediable. El búho implica libertad y sabiduría, saber que fue y no será, saber que nunca acertarás aún sabiendo las respuestas.
Fue esa mezcla lo que nos acabó estallando, o quizas mi incapacidad por aceptar que no valgo para esto.
Sintiendo como cada vez éramos más cómplices, nada más que la ropa conseguía cubrir nuestras ganas. El calor comenzaba a acecharnos y, mientras tú ardías, yo entraba en trance.
Una vez más no alcanzamos el aprobado y fue notable la insuficiencia de cooperación entre ambos bandos. No había más remedio que huir ante el incendio provocado, las chispas comenzaban a emanar y éramos altamente inflamables.
Mientras uno volaba, el fuego deshizo el caparazón del otro.
Adivina quién es quién.
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