Sobre mi

jueves, 1 de mayo de 2014

Los cafés con canela saben mejor acompañado.

Fue todo muy rápido. Mi vestido rojo y yo no supimos reaccionar al temporal y juro que al salir de casa el sol me acompañaba y lo de ponerse un vestido de vuelo parecía una buena idea, que casaba perfectamente con mi firme convicción de deber acudir con un grado de elegancia siempre que la intención es perderse entre obras de Velazquez. Pero una vez cumplido mi propósito y haberle dado algo de cultura a este domingo tan vulgar el tiempo se puso en mi contra, salir volada o refugiarme en un bar eran mis únicas opciones y no estaba dispuesta a dejarme despeinar por una causa externa a ti. 
La descripción del bar prefiero omitirla, no cabe nada característico, aunque debo añadir que supo retenerme su olor, familiar, no parecía un bar saturado ni común, ternura, olía a café con canela. Culpa quizás de la pareja de viejecitos que tenía al lado, los cuales disfrutaban del citado manjar y potenciaron mi envidia, por lo que decidí seguir sus preferencias. El hombre de la barra -pelo canoso, bigote y unos ojos verdes incapaces de negar que en su juventud conquistó y robó tantos corazones como quiso y más- tuvo la amabilidad y habilidad de escribir un perfecto disfrútalo con canela sobre la espuma de mi capuccino, y tras darle las gracias y ofrecerle una sonrisa, me dirigí de nuevo hacia mi mesa. 

Todo en orden y un los cafés con canela saben mejor acompañado escrito en mi servilleta de papel junto al gracias por su visita.

Admito que consiguió hacerme estremecer e incluso noté un escalofrío recorrer mi cuerpo al leer semejante frase en una caligrafía tan pulcra e insinuante pero no logró llamar mi atención de manera extravagante, es mas, no fue hasta que la espuma del café tiñó mis labios de blanco que me vi en la necesidad de eliminarla con la ayuda de dicha servilleta y lo vi; y tardé media hora más en encontrar al culpable. Ni un nombre ni una pista, solo ese comentario desafiante. 
Terminé el café, que sorprendentemente superó con creces mis expectativas, y al sacar la cartera se acercó mi amigo de los ojos verdes a comunicarme que ya había sido pagado. Como era de esperar, no obtuve respuesta alguna cuando pregunté por aquel descarado, por lo que me despedí y salí del bar. Saqué un cigarro y mientras sumergía mi mano en el bolso con la esperanza de haber metido algún mechero te presentí. 

-Tengo fuego.
-¿Perdona? 
-Que si me dejas encenderte...
-¿Qué?
-...el cigarro digo.
-Gracias, pero debo tener el mechero por alguna parte así que no hace falta.
-¿Tanto te cuesta dejarte ayudar?
-Digamos que me gusta la independencia.
-Ahí la razón de tu cara de asco cuando Paco te ha dicho que tu café ya estaba pagado.
-Igual que no me gusta que me enciendan los cigarros tampoco necesito que me pagen los cafés.
-Me esperaba un "gracias".
-Y yo que no hiciese tanto viento.
-Pues al vuelo de tu vestido parece que le encanta, además no tienes por que echarme la culpa a mi.
-¿La culpa de que?
-De que te hayas puesto tan guapa y no vayas a conseguir ni mi nombre.
-Piérdete capullo.

            Y se perdió, pero no él sino nuestra cordura, el tiempo y las sábanas. Me negaré a decir nuestro emplazamiento un par de horas más tarde.


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