Volviendo a mis raíces y al limite del delirio afirmo que nada mejor que la falta de amor para alcanzar la cima del nihilismo. Ese despiste provocado por la certeza de saber de su existencia pero negarte a aceptarla por el mero hecho de no haber sido partícipe (aún) de sus efectos. Con miedo, con rabia y con envidia, pero sin ganas. Por ello hoy brindo por cada hombre que tuvo el detalle de dejar que le escriba, aunque jamás pedí permiso, aunque jamás coincidieron con los pocos que supieron leerme; y qué si, de ellos salen un tercio de mis delirios.
A decir verdad, la razón es simple, las cosas que se empiezan sin ganas se acaban torciendo y hundiendo, y mis ganas nunca han ido muy directas a dichos temas, nunca han ido muy directas a ninguna parte.
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