Sobre mi

miércoles, 19 de noviembre de 2014

He encontrado y descifrado la magia de los rincones secretos.

Esos lugares sagrados que nadie más que tú sabe de su existencia, ni conocen los motivos de tus huidas hacia dichos refugios. Esos lugares donde los problemas parecen menos hondos y donde todo fluye sin necesidad del resto, donde la burbuja de seguridad no se rompe jamás. Esos lugares que conocen tus paranoias mejor incluso que tú mismo. ¿Cómo he dado con dicho resultado? Siendo partícipe de ello. Los lugares de los que hablo no se buscan, se encuentran. No es cuestión de dar con ellos sino de darte cuenta de ellos, que siempre que algo perturba tu cabeza sobrepasando tus límites de rayadas impuestos acabas en el mismo lugar. Desde allí recobras el control de tus situaciones, tienes vistas exclusivas y panorámicas de tu mundo desde una perspectiva inmejorable, desde todas las visiones posibles.

Ahí me hallaba yo aquella mañana de Noviembre, inaugurando aquel mes de la mejor manera posible, llena de pintura roja, con las medias rotas, la rodilla derecha desgarrada y un ciego del quince que no acababa de desaparecer. El humo me sabía a poco, cada calada iba consumiendo lentamente las pocas neuronas que sobrevivieron a la noche de ayer y seguía sin conseguir acordarme de mis actos en el intervalo de tiempo que abarcaba desde las cuatro a las seis de la madrugada.

Ahí me hallaba yo cada tarde de estrés acumulado por la mala hostia que mis docentes y progenitores descargaban en mis espaldas, con el pijama puesto y las zapatillas de Mickey, planeando alternativas y salidas para salir ilesa de esa carrera contrarreloj, con la mente situada en el siglo XIX y Descartes paseándose por los pasillos de mi cerebro tratando de resolver mis mil y un sistemas de ecuaciones mientras Velázquez clasificaba mis oraciones compuestas.

Allí me hallaba yo tras mis ataques de histeria incontrolable provocados por los destrozos que algún que otro cabrón había dejado en mis adentros, tratando de recomponerme sin generar ríos de angustias, sin subidas de marea y evitando alzar bandera roja.

Y ya ves, ese jodido sitio tiene que tener algo de magia.


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