Sobre mi

domingo, 22 de febrero de 2015

Sin respuestas válidas.

Llevo tiempo queriendo hacerte una pregunta. La razón por la que no me atrevo no es falta de valor, que también, sino porque la respuesta que merezco no es la que me gustaría que saliese de tus labios. Sigo siendo egoísta cuando se trata de ti, pero no tengo remedio. Ahora solo me queda recopilar los restos de lo que no fue y tratar de convertirlo en algo más grande de lo que pudo ser, para ver si así me atrevo a preguntártelo sin miedo al fracaso. Dudo que lo consiga. Todavía.
Llevo tiempo intentando construir dicha pregunta y ya me he quedado sin opciones. Ninguna me convence lo suficiente. Cada vez me parece más fría, cada vez nos vamos enfriando más y cada vez estoy más convencida de que serías la única persona a la que me plantearía el plantearle dicho disparate. Entre las mil maneras que existen de formular la jodida pregunta solamente me salen las más confusas y largas. Como siempre he tenido la cualidad de hacer de lo más simple un mundo y viceversa, ahora no iba a ser menos, y más teniendo en cuenta la simplicidad de la pregunta y la complejidad que conlleva su respuesta, lo complejo que me estas resultando.

Supongo que seguiré comiéndome la cabeza con la maldita pregunta hasta que me vea capaz de encajar alguna de las dos respuestas posibles. Y entonces explote.

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