Llevo tiempo queriendo hacerte una pregunta. La razón por la
que no me atrevo no es falta de valor, que también, sino porque la respuesta
que merezco no es la que me gustaría que saliese de tus labios. Sigo siendo egoísta
cuando se trata de ti, pero no tengo remedio. Ahora solo me queda recopilar los
restos de lo que no fue y tratar de convertirlo en algo más grande de lo que
pudo ser, para ver si así me atrevo a preguntártelo sin miedo al fracaso. Dudo
que lo consiga. Todavía.
Llevo tiempo intentando construir dicha pregunta y ya me he
quedado sin opciones. Ninguna me convence lo suficiente. Cada vez me parece más
fría, cada vez nos vamos enfriando más y cada vez estoy más convencida de que
serías la única persona a la que me plantearía el plantearle dicho disparate.
Entre las mil maneras que existen de formular la jodida pregunta solamente me
salen las más confusas y largas. Como siempre he tenido la cualidad de hacer de
lo más simple un mundo y viceversa, ahora no iba a ser menos, y más teniendo en
cuenta la simplicidad de la pregunta y la complejidad que conlleva su respuesta,
lo complejo que me estas resultando.
Supongo que seguiré comiéndome la cabeza con la maldita
pregunta hasta que me vea capaz de encajar alguna de las dos respuestas
posibles. Y entonces explote.
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