El problema no reside en el cambio si no en tu modo de adaptación hacia este. ¿Qué hay detrás de uno mismo? Ni puta idea, y de mi menos.
La verdad, no se estaba tan mal en el laberinto, no tenía opción a salida pero había logrado descifrar cada uno de sus rincones para llegar a abastecer mis necesidades a mi antojo. Era una especie de cajón desastre en el que sabía perfectamente que para encontrar el mechero tenía que levantar dos trozos de pizza, mover un par de sujetadores a la derecha, abrir el bolsillito pequeño de la mochila y elegir aquel al que aún le quedaba algo de gas.
Ahora que me han sacado del laberinto, que todo está ordenado, sigo buscando el mechero en el mismo sitio y no está, es más, ya ni quedan mecheros. Mis costumbres han sido alteradas al igual que mis justificaciones han sido impugnadas. El orden se las ha ido comiendo poco a poco y aunque se supone que eso es una meta que todo el mundo busca a nivel personal, profesional y demás, jode. Jode no por el hecho de estar retrocediendo sino porque ha venido todo demasiado rápido y mis reflejos se han ido entorpeciendo hasta el punto de perder. Mucho tiempo en desequilibrio logró que me acostumbrase a él y ahora que ya no cojeo no sé que zapatos ponerme. No sé como reaccionar, no estoy acostumbrada y claro, utilizo la más mínima oportunidad para desordenarlo todo otra vez, para poder concordar, porque yo sigo desequilibrada y aunque mantengo mi ideal de apoyar el cambio en las personas, he de admitir que no es trabajo para cualquiera, y menos aún para una lunática con carencia absoluta de fuerza de voluntad y cuyas teorías -no solo las sentimentales- se le están atragantando.
Eh, pero que en el intento no quede, siempre es mejor vivir en una playa que en un puto laberinto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario