Me encanta drogarme contigo. Ver como dejas tu mente al desnudo
mientras me inundas con dudas existenciales y preguntas sin respuestas válidas
para nuestras capacidades. Tratar de descifrarlo todo, desgarrarle el sentido a
todo esto para acabar dándonos cuenta de que nada lo tiene menos el ahora y siempre.
En este mundo solo eres libre si
nada te domina y eso es algo más que difícil teniendo en cuenta el hecho de que
todo lo que nos rodea nos controla. Sexo,
descontroladamente y tres caladas más. Pasear de noche por que los gatos son
pardos y perdernos entre calles y cubatas donde nuestras pupilas se mutilen
bajo las farolas. Más fuerte que el olvido a base de whisky, más feroz que
el lobo de Caperucita y más soberbio que la vida misma; todo ello con los
tacones puestos, sin paréntesis.
Lección tras lección el alumno
perdió el interés y yo olvidé mis apuntes en alguna de las vidas que dejé
atrás, pero sigo sintiéndome dominada. Sabio es aquel que mencionó todo esto
años atrás, dejando volar sus advertencias, sugiriéndose como ejemplo hipócrita
de un sentimiento jamás experimentado. Razón llevaba pero técnicas para el
combate las justas, y más que aquellas fueron necesarias. Tantas que la
rendición fue innegable, y su teoría inexacta, inacabada y refutable. Me presento como ejemplo y esa es
mi única queja, abdicar no entra en mis planes. Llegar a nuestro destino siendo nosotros quienes devoremos el hambre al
tiempo y recompensemos nuestros esfuerzos en el jacuzzi, e invitar a una
orquesta de jazz para que haga de banda sonora.
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