Si lo encarcelas es como si no ocurriese, como si fuese inexistente, algo ilusorio, un problema menos contra el que luchar. Si el mundo desconoce su existencia estas a salvo, no tienes por que enfrentarlo, realidad endeble, voraz ficción.
Ya.
Se va haciendo más fuerte, la jaula no es suficiente y comienza a devorarte mientras te susurra que debes gritar, aceptar su existencia y disparar. Mutilarlo, batirlo, matarlo.
Fin.
No, fin no, es muchísimo más fácil encontrar una jaula más grande y seguir ajeno a su existencia, simplemente ignóralo. Si no lo cuentas, no existe. Si tú eres el único consciente de esa realidad tienes el privilegio de impugnarlo, obviarlo y rechazarlo hasta encontrar una jaula nueva o un arma de destrucción masiva que consiga erradicarlo y, a poder ser, que no implique un acto suicida.
La belleza del auto engaño.
Así, te dedicas a recolectar distracciones, actividades secundarias que consigan apaciguarte. Vuelas lejos, viajas, huyes. No por cobardía sino por comodidad, porque su importancia es relativa a tu capacidad de darle cuerda y entre locos la soga ahoga.
Así, te dedicas a recolectar distracciones, actividades secundarias que consigan apaciguarte. Vuelas lejos, viajas, huyes. No por cobardía sino por comodidad, porque su importancia es relativa a tu capacidad de darle cuerda y entre locos la soga ahoga.
Tabaco. Papel. Filtro.
Fuego.
Encontrar realidades alternativas, superiores. O no tan superiores, pero realidades. Sensaciones diferentes tras periodos de insensibilidad absoluta; porque cuando conoces lo que es no sentir, la mínima caricia provoca terremotos; pero cuando tras ello experimentas el estado nervioso, necesitas algo con lo que matar lo encarcelado. Al fin y al cabo sentir es bueno o vital y en abundancia te hace caer en la cuenta de que las mariposas de tu estómago han abierto la jaula y devorado su contenido, y ese último aleteo te ha provocado una sonrisa.
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