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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Si no lo cuentas, no existe

Si lo encarcelas es como si no ocurriese, como si fuese inexistente, algo ilusorio, un problema menos contra el que luchar. Si el mundo desconoce su existencia estas a salvo, no tienes por que enfrentarlo, realidad endeble, voraz ficción.
Ya. 
Se va haciendo más fuerte, la jaula no es suficiente y comienza a devorarte mientras te susurra que debes gritar, aceptar su existencia y disparar. Mutilarlo, batirlo, matarlo. 
Fin.
No, fin no, es muchísimo más fácil encontrar una jaula más grande y seguir ajeno a su existencia, simplemente ignóralo. Si no lo cuentas, no existe. Si tú eres el único consciente de esa realidad tienes el privilegio de impugnarlo, obviarlo y rechazarlo hasta encontrar una jaula nueva o un arma de destrucción masiva que consiga erradicarlo y, a poder ser, que no implique un acto suicida. 
La belleza del auto engaño.
Así, te dedicas a recolectar distracciones, actividades secundarias que consigan apaciguarte. Vuelas lejos, viajas, huyes. No por cobardía sino por comodidad, porque su importancia es relativa a tu capacidad de darle cuerda y entre locos la soga ahoga.
Tabaco. Papel. Filtro.
Fuego.
Encontrar realidades alternativas, superiores. O no tan superiores, pero realidades. Sensaciones diferentes tras periodos de insensibilidad absoluta; porque cuando conoces lo que es no sentir, la mínima caricia provoca terremotos; pero cuando tras ello experimentas el estado nervioso, necesitas algo con lo que matar lo encarcelado. Al fin y al cabo sentir es bueno o vital y en abundancia te hace caer en la cuenta de que las mariposas de tu estómago han abierto la jaula y devorado su contenido, y ese último aleteo te ha provocado una sonrisa.

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