Más de mil veces me dijeron que, según mi forma de malgastar
el tiempo y teniendo en cuenta mi pasión por la escritura, lo mejor que podía
hacer era encauzar mis neuras en esa dirección.
Escribe un libro
me decían.
El problema reside en mi falta de imaginación y en mi escasa
fuerza de voluntad para lograr mis metas; solo consigo lo que me propongo si el
fin es mayor o superior a mí por lo que he aquí la razón de no pasar del
prólogo.
He inventado mil historias que jamás fueron más allá de la
primera copa, he imaginado mil batallas que culminaron antes de adentrarnos en
territorio enemigo y he creado mil universos paralelos de seres imaginarios que
jamás llegaron a cobrar vida. Pero eso es todo, me quedo en el inicio en busca
de señales que me indiquen como seguir pero siempre me aburro y cambio de
dirección antes de que estas aparezcan. Inconformista de los pies al moño,
indecisa del moño a los pies. Por eso vivo estancada en relatos cortos y
descripciones de emociones y sentimientos que jamás alcanzarán nada, pero al
fin y al cabo, escribo de lo que sé.
Las historias largas requieren demasiada implicación y jamás
he estado atada a un mismo tema mucho tiempo. Bueno, quizás mienta, pero eran
casos delicados y la escritura no era utilizada como excusa sino como método de
evasión. Es por ello que estuve un tiempo anclada, sin saber qué sucedía, sin
saber quién había secuestrado a mi musa o porqué esta había huido, pues
desconocía aún la causa de su desaparición hasta que me di cuenta; simplemente
había cambiado, y sin avisar.
Avisada quedé, así que me toca correr hacia ella y pedirle
que baje ligeramente el ritmo para así poder seguir sus pasos sin tropezar,
para continuar esta carrera por nuevos atajos que me lleven a otros mundos y
conquistarlos. Nuevos retos que quizás, algún día, me lleven a pasar del primer
capítulo.
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