1
Sentir el roce de la lluvia no la calaba lo suficiente como para conseguir hundirla en sus pensamientos. Cerró los ojos.
Siempre le gustó mojarse, despertar su imaginación con cada gota que se deslizaba por su cuerpo; pero algo había cambiado y ya no surgía el mismo efecto. La lluvia esta vez solo consiguió disimular la caída de las lágrimas que emanaban lentamente de sus ojos, sin rumbo fijo y sin motivo concreto más allá de la aparente pérdida de su ser.
Era algo más tarde de las 6.30 de la mañana y el lugar... digamos que era uno de esos lugares en los que debería estar prohibido derramar una lágrima bajo pena de destierro, por ser un crimen contra su belleza, por contaminarlo de sensaciones que no le pertenecen.
Inevitable fue la explosión de su bomba, no podría continuar de esta manera y la espera bajo la lluvia fue el detonante.
La sensibilidad que la inundaba, tan impropia de su ser, la llevaba abatiendo demasiado tiempo e iba comiéndose su personalidad cada día a mayor velocidad, sin nada que ofrecer a cambio más que dolores insufribles de cabeza, noches en vela y pensamientos que carecían de estabilidad y sentido. El corazón le temblaba al ritmo de su pulso convirtiéndola en una montaña rusa de emociones sin causa y el estómago pedía guerra con cada rugido, debatiéndose entre la falta de apetito y la falta de autoestima.
Abrió los ojos, y al ver tal desastre solamente le quedó la triste realidad de que sola jamás conseguiría liberarse de esa bestia, necesitaría apoyo de los mejores y sabía que tenía a los mejores. Creyéndose fuerte no conseguiría más que prolongarlo, y ya era un hecho, su cabeza no aguantaría mucho más ese desorden, debía actuar. Un nuevo septiembre.
Sobre mi
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario