En estas dos semanas, que apuesto a que serán de las más largas de mi vida, me dispongo a olvidarme del mundo y ha hacer lo que me apetezca porque me lo merezco y por que yo lo valgo.
Así que en este sueño, o mejor dicho final de la pesadilla, pienso ser yo misma y si algo no lo quiero hacer no lo haré, por que ya no tengo nada que perder y si lo tenía ya lo he perdido o lo perderé después de esto, pero me la trae floja. Porque después de un año de falsedades, haciéndome pasar por alguien que no soy, el papel al que he estado dando vida ya no da más de sí y queda surrealista de un modo que puede parecer hasta algo cínico para mi gusto.
Por lo tanto, en este preciso instante tiro la careta por la ventana y empiezo una nueva etapa de mi vida en la que pocos serán los elegidos para aconsejarme en lo que hacer y que no; aún que al fin y al cabo, acabaré haciendo lo que a mi me plazca y espero que sea lo correcto.
Otra cosa no, pero lo que si he aprendido este año es que la soledad da lugar al delirio y este puede dar lugar a cosas mayores que he experimentado de cerca y por las cuales no me apetece volver a pasar.
Y con 291 horas de pesadilla y bajando digo adiós a las tonterías. Que ahora yo tengo las riendas, y sí, puede que solo duren los 13 días de mierda que me quedan o puede que se alargue hasta el final del verano, no sé. Pero de momento, en estos 13 días MANDO YO.