Si te decides por el corazón dejando tu vida a sus órdenes eres el único culpable de sus síntomas. Se consciente de tus actos.
Trasnochar sin justificantes a la espera de un suspiro extraviado.
El sinvivir de alcanzar la desesperación esperando una caricia de unos dedos que aún no han despertado.
Consumirse en un tic-tac y su olor a tabaco.
El alivio de una crisis nerviosa concentrado en unas manos que saben cómo manejarte.
Respirar entre taquicardias y palpitaciones arrítmicas a 1000 kilómetros por hora.
No lo hay más puro que el sabor a adrenalina de unos labios en llamas dispuestos a quemarte el alma y a helarte la piel. Ni lo hay más astuto que la loca que jura no conocer la causa de su trastorno pero, inocente, pasea de su mano, valiente y orgullosa, mientras tropieza con cada pestañeo que le ofrece la luna para recordarla que ha llegado a lo más alto.