Sobre mi

sábado, 14 de diciembre de 2013

Dicen que si escuece...


Dicen que si escuece es por que se está curando, pero nadie ha mencionado nunca que ocurre cuando ese escozor dura más de lo que puede algo tardar en sanar, pongámosle dos años hace.
Dicen también que donde hubo fuego, quedan cenizas, pero he visto casos de cenizas convertidas en polvos que no es (s)exactamente igual y ese matiz es por lo que acabo helando.
Añado aquí que un mudo le dijo a un ciego eso de que una mirada dice más que mil palabras.
Me atrevo entonces a escribir, que lo dicho en boca no atiende a particulares y animo a la invención de nuevas teorías de este calibre para poder así provocar su propia contradicción.

Volviendo a donde escuece.
Quisiera ser la autora de tus miradas y la referencia de tus vicios, protagonista de tus desvíos y cazadora de tus inquietudes. Sabiendo de mi exigencia y de tu ruindad propongo el trato de no volver a los atajos sin antes pasar por la señal de salida. ¿A qué viene esto ahora? Fácil, cada cosa tiene su momento y me pierden los equívocos. Un corazón digno no es aquel que actúa a conciencia, pues de la prudencia hablaríamos en dicho caso, y jamás he odio a nadie un: "Te quiero con toda mi prudencia". No es amor (ya que no soy partidaria de su existencia en mí, como particular), sino carencia aquello que me despierta, es la falta de ternura en mi persona lo que me empuja. Culpa mía, mil perdones. Algún día mejoraré, aunque debo decir que no sé qué tipo de vida sería sin mis juegos y guiones, sin mis cuerdas y ataduras con las que manejo mis desastres y es por eso que me encuentro hambrienta y descalza.

Volviendo a donde quema.
Cada día más inútil y a tomar por culo, sigue escociendo. Debería aprender a no desprender, debería participar en una campaña de esas de reciclaje que te enseñan que hay personas que no son de usar y tirar y que pueden usarse una vez que te las has tirado. Tan fría como mis manos, mil perdones de nuevo, y quizás sea por eso que soy incapaz de encender mis propios fuegos, por que nadie me ha enseñado jamás a valorar la belleza de un incendio y todo lo que toco se acaba convirtiendo en polvo, que no ceniza; o puede que mi torpeza, en cuanto a la piromanía se refiere, la haya obtenido de mi habilidad para hacer desaparecer mecheros, y sea por eso que ninguno de esos "mecheros" ha conseguido convencerme y prenderme con su llama evitando así mi desprendimiento y pérdida posterior. 

Valorando mi miopía y tu escasa palabrería, acabaré escribiendo en braille al son de tus lamentos. 

domingo, 8 de diciembre de 2013

Aquí esta la Navidad.

Siempre he dicho que me encanta la Navidad y que si soy capaz de resistir al frío del invierno es con el único motivo de alcanzar estas fechas, pero aquí estoy, perdiéndome en la nada mientras mis padres y mi hermana montan y decoran los adornos de Navidad. Me encantaría estar con ellos pero no me veo capaz, este año no me merezco el placer de colocar la última estrella en lo más alto del abeto; la ilusión pasada provocada por esa sensación ya no sería la misma y odio fingir dicho sentimiento. No pretendo ser tan fría como estas fechas pero el calor de la chimenea ya no es tan efectivo en mi persona y me conforta más el humo del cigarro que el de los troncos quemados a modo de lumbre aunque sigo prefiriendo su olor. Destaco, eso sí, que una Navidad sin techo (en el sentido familiar de la palabra) o con uno ajeno a tu persona podría arrasar con todo; y quizás fue eso mi raíz, sin embargo pretendo recomponerla. 
Me viene ahora a la mente, que aunque congelada por los escasos grados que ciñen este paisaje aún funciona, una escena que me contó mi yayo. 

Su padre, cada Navidad, acogía a una de esas personas con más hambre que espíritu para que les acompañase en la cena de Nochebuena ya que su moral le decía que uno de los castigos más crueles de estas fechas era no contar con el sabor del pavo recién hecho para cenar. Tal que así colocaban un plato extra en la mesa, sin importarle el tener una boca más para cubrir, que digo yo que por aquel tiempo (os hablo de mi tatarabuelo, situado más o menos a comienzos de la guerra civil) eso era algo que solo el paso de una mirada de desamparo a una de gratitud y satisfacción combinada con felicidad podía pagar. 
Tras la cena un vaso de vino, un alma satisfecha y un amigo nuevo. 

Y eso me falta, la esencia -y no hablo en términos navideños- aunque supongo que volverá el momento en que el maravilloso sabor del turrón de nata y fresa supere mi paladar, o puede que no.